En mi época de universitario, organicé una orquesta junto al director José Miguel Pérez Sierra. Tendría 22 ó 23 años. Juntos se nos ocurrió esta posibilidad: proponer a la universidad Francisco de Vitoria montar una orquesta de cuerdas. Lo hicimos, y durante dos años funcionamos en el aula magna de la universidad.
En aquel momento ya tenía claro que el origen de la belleza de la música estaba unida a la belleza sencilla de la vida interior. Como si fueran dos maneras distintas de acercarse a lo mismo. Hace poco pensé una frase un poco rara que dice algo así como que las lágrimas son el sudor del alma. Siempre he pensado que quien llora, por cualquier motivo, ya sea de felicidad o de tristeza, es alguien que está vivo en su interior, y que es en ese interior en el que se desarrolla su mayor riqueza. En la letra del cuarto movimiento de la «Sinfonía de la Vida», puse en boca del científico sabio la frase de “Cada vida es como un universo entero”. Cuando despierta nuestro interior ese universo se manifiesta, se abre una nueva puerta para conocer y descubrir de otra manera sorprendente.
También al salir de un buen concierto el brillo en los ojos de los músicos, del público, revela que algo se ha despertado en su interior.
Para mí eso es espiritualidad en su más profunda esencia, y detrás de eso existe un misterio, a veces caprichoso porque no depende enteramente de uno mismo.
Hace 6 años se me ocurrió presentar otro proyecto de una orquesta: La Orquesta Sinfónica y Coro de la JMJ. De manera totalmente sorprendente, la organización de la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 delegó en mí la tarea de poner en marcha una orquesta sinfónica y un coro, para tocar en los actos centrales de un evento que reunió a más de 2 millones de jóvenes de todo el mundo.
Para mí la ocasión fue única. Sabía que no encontraría mejor oportunidad para aunar estos dos extremos que a veces parecen tan alejados. Todavía recuerdo el escepticismo inicial por parte de algunos organizadores: “¿habrá suficientes músicos con ganas de ser parte de una orquesta confesional?” Para mí la pregunta era más bien si existiría algún día una orquesta que tuviese en cuenta la espiritualidad de los músicos.
Esta era la ocasión de crearla. Y así nació la Orquesta Sinfónica y Coro JMJ.
Para mí fue un regalo entender desde joven esa doble naturaleza de la música: como belleza en sí y como llave del espíritu. Pero mi sorpresa ha sido el impacto que ha tenido al compartirlo con otros. Una orquesta como la nuestra nunca hubiera soñado con contar con colaboraciones de compositores, directores, organizadores y músicos de altísimo nivel atraídos por este espíritu y dando lo mejor de sí.
Los que se han enganchado a este proyecto, no sé si serán de misa diaria, dominical, u ocasional… Sinceramente nunca fue eso lo que me importó. Existen tantos caminos como personas, decía Benedicto XVI. Me importa que han visto en esta orquesta y coro algo distinto, algo que les aporta, de una manera u otra, un acercamiento distinto y sincero a la belleza que cualquier artista sincero busca. Me importa la posibilidad de encontrarse con otros desde el respeto y la apertura que genera esa búsqueda compartida, y el hecho de que podrán encontrar un apoyo solido y profunda amistad en esa comunidad que ellos mismos crean día a día.
La belleza es amor. Es un milagro constante, que nos hace verdaderamente libres, en el que no cuenta de dónde venimos, ni nuestros méritos, ni nuestros defectos, sino nuestro deseo profundo y auténtico de búsqueda, y la inspiración, la gracia, que viene de un lugar misterioso y que nos hace actuar desde el interior, de una manera que va más allá de la razón. Recibimos algo y lo damos, nada más y todo al mismo tiempo.
Y todo esto sostenido, apoyado misteriosamente en los cimientos de la Iglesia, que con todas sus virtudes y defectos, es y ha sido nuestra casa desde el principio, y que también nos transmite, desde su fragilidad humana, el legado de amor que recibió.
Gracias a todos los que formáis parte de este maravilloso proyecto y gracias a los que lo apoyáis escuchando nuestra música, viniendo a nuestros conciertos o rezando por nosotros.
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