Muchos me habéis preguntado cómo fue el concierto del sábado pasado en el que estrenamos la Sinfonía de la Vida en Madrid.

Podría deciros, que fue algo increíble, irrepetible, mágico. Pero como es obvio que los que me lo preguntais no pudisteis venir, sonaría a recochineo.

Así que me voy a limitar a compartir mi experiencia.

Debo decir, en primer lugar, que lo que más disfruté fue la 5a Sinfonía de Beethoven. Me quedé absolutamente impresionado de cómo la interpretó la orquesta, bajo la batuta elegante y enérgica de Borja Quintas, y me salió el orgullo de «presidente», algo parecido, con permiso de los antimadridistas, a lo que debe sentir Florentino cuando ve a su equipo ganar otra Champions.

Pero con la Sinfonía de la Vida, me tocó un poco más ser como del Aleti, es decir: sufrir. No porque la orquesta o el coro sufriesen para tocarla, sino porque estaba más pendiente de cómo llegaría el mensaje que de la propia música. Eso me mantuvo en tensión…

La orquesta estuvo tan soberbia como en la primera parte, y la escolanía, los solistas y el coro, no pudieron hacerlo mejor. El último movimiento fue grandioso, más todavía cuando entró el imponente órgano del Auditorio Nacional tocado por el maravilloso organista de la catedral, Roberto Fresco. Y aún así yo seguía esperando algo. Solo al terminar, me empecé a dar cuenta de lo que había pasado, a través de ese aplauso cerrado, sincero, emocionado, seguido de muchas felicitaciones.

Quizá fuera que tuve un día largo, quizá necesitaba tiempo para procesarlo, pero lo cierto es que ahora, tres días después, recordando, y más consciente de lo que ocurrió, es cuando más me emociona. Y cuanto más tiempo pasa, más me llegan pequeños testimonios que premian sobradamente el esfuerzo realizado. Cuando la música transforma y toca corazones es cuando realmente cobra todo su sentido.

La Sinfonía de la Vida ocurrió en Madrid la víspera del Corpus Christi, y la música, hecha amor, salió «a las calles». Todo el que se acercó, pudo contemplarlo. Fue el anuncio de algo grande, que nos llenó, aunque solo fuera por un rato, de verdadera y profunda esperanza.

Verdad, bondad y belleza juntas, así ocurrió.

Como rubricaba Bach en sus partituras: Soli Deo Gratias.