No hace muchos años, acompañé a Tibor Szasz, catedrático de piano con el que estudió mi hermana en la HochSchule für Musik de Friburgo, a una conferencia que impartió en Segovia. Mi hermana, que no podía estar, me encargó traerle después de vuelta al aeropuerto de Madrid, cosa que hice con gusto, pues era una eminencia, un gran sabio, al que yo profesaba gran admiración.
En la conferencia, que seguí con atención, el profesor Szasz, habló de «il filo»: esa relación entre el motivo musical principal, expuesto en el inicio de una sonata, y el modo en que toda la obra se articula desde ese motivo, con giros a veces verdaderamente sorprendentes.
Lo ilustró al piano con varios ejemplos prácticos de grandes genios de la música, como Beethoven o Liszt.
Cuando llegó a Mozart explicó que en el genio de Salzburgo este «filo» es como invisible, y que le costaba tremendamente desentrañarlo en cada una de sus obras. ¿El motivo? Mozart hilaba tan fino, que ese hilo permanecía oculto, como en un truco de magia prodigioso. Decía que era como un hilo que pasa por detrás de la tela y que solo se deja ver en algunos puntos muy sutiles.
Mucho me he acordado de esta conferencia tras la reciente defunción del Papa Benedicto XVI.
Por una parte por su declarada afición a interpretar Mozart: bien es sabido que Joseph Ratzinger siempre dedicó el poco tiempo libre que le quedaba a tocar el piano, y principalmente a la música de Mozart.
Esta afición debería quizá sorprender a quienes saben que Mozart perteneció a la incipiente masonería de su época. Sin embargo Benedicto XVI supo hilar tan fino a lo largo de su vida, que podía atreverse sin temor alguno a tomar aquello que admiraba de los ilustrados, véase su búsqueda a través de la razón más aguda y fina, y a criticar con argumentos sólidos y llenos de matices aquello que no le convencía, como por ejemplo el rechazo categórico de la mayoría de ellos a la existencia de un Dios personal hecho hombre.
Ese hilo que viajaba entre la razón y la fe, le convirtió en un cirujano de la fe, un hombre en constante búsqueda de la verdad. Esa capacidad aguda y humilde de buscar a través de la razón, de hacer distinciones preclaras y profundas le convirtió también en una figura incómoda para muchos, en una sociedad a la que le resulta más fácil crear bandos, corrientes simplistas de pensamiento, en la que es infinitamente más popular el Reguetón que la música del genio de Salzburgo.
En un mundo de titulares, las palabras y razonamientos de un académico de primerísimo nivel acababan convertidas, deformadas y simplificadas de la misma manera en que Luis Cobos «formateaba» a Mozart.
Sin embargo, en sus escritos, en sus debates abiertos con pensadores de enfoques opuestos, en sus ensayos, artículos y libros, hay algo que permanecerá en el tiempo, como permanece todavía hoy la música de Mozart, algo que quizá tardaremos en desentrañar siglos, algo lleno de luz y profunda belleza.
Con Benedicto XVI hemos tenido acaso un regalo mayor del que merecíamos.
Tal día cómo hoy, el de sus exequias, el de la víspera de la fiesta de la Epifanía, merece la pena recordar este fragmento perteneciente a su homilía del 6 de enero de 2012, mencionando a los Magos de Oriente, con los que se sentía especialmente identificado por su búsqueda de la Verdad:
«Los Magos siguieron la estrella. A través del lenguaje de la creación encontraron al Dios de la historia. Ciertamente, el lenguaje de la creación no es suficiente por sí mismo. Solo la palabra de Dios, que encontramos en la sagrada Escritura, les podía mostrar definitivamente el camino. Creación y Escritura, razón y fe han de ir juntas para conducirnos al Dios vivo. Se ha discutido mucho sobre qué clase de estrella fue la que guió a los Magos. Se piensa en una conjunción de planetas, en una Super nova, es decir, una de esas estrellas muy débiles al principio pero que debido a una explosión interna produce durante un tiempo un inmenso resplandor; en un cometa, y así sucesivamente. Que los científicos sigan discutiéndolo. La gran estrella, la verdadera Super nova que nos guía es el mismo Cristo. Él es, por decirlo así, la explosión del amor de Dios, que hace brillar en el mundo el enorme resplandor de su corazón. Y podemos añadir: los Magos de Oriente, de los que habla el evangelio de hoy, así como generalmente los santos, se han convertido ellos mismos poco a poco en constelaciones de Dios, que nos muestran el camino. En todas estas personas, el contacto con la palabra de Dios ha provocado, por decirlo así, una explosión de luz, a través de la cual el resplandor de Dios ilumina nuestro mundo y nos muestra el camino. Los santos son estrellas de Dios, que dejamos que nos guíen hacia aquel que anhela nuestro ser.»
No sería exagerado, en este caso, afirmar que su verdadero papado, se inicia ahora, cuando una nueva estrella empieza a brillar en el firmamento.

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