De los muchos usos que se le puede dar a la madera, el que más me ha sorprendido e impactado siempre es el de la música.
Es algo que he tenido la suerte de experimentar muy a menudo y que no deja de sorprenderme: cuando el arco de mi violonchelo roza sus cuerdas, a través del puente entra la vibración en la caja de resonancia. La madera juega el papel fundamental en esa vibración y le da un timbre único y característico. Puede tener más de 300 años y seguir sonando perfectamente. Labrada cuidadosamente por el luthier, esa madera pasa por las manos, a lo largo de los años y de los siglos, de distintos músicos y artistas que dejan su impronta. Tuve el privilegio hace no mucho de hacer vibrar el violonchelo Stradivarius 1700 del Palacio Real de Madrid. Y dejar así en su madera algo de la impronta de mi sonido.
Antes que yo, lo hicieron artistas como Pablo Casals, Luigi Boccherini o Mistislav Rostropovich. En mis manos estaba mucho más que un instrumento musical, era un gran pedazo de la historia de la música y por tanto de la historia universal.
Más pequeño, pero infinitamente más significativo fue el pedazo que tocaron mis dedos ayer.
No sonó del mismo modo…
Y esta vez fue infinitamente mayor la impronta que esa madera dejó en mi alma que la que le dejé yo.
No necesitó sonar para que su música llegara a estremecerme.
Ya no es costumbre que se pueda tocar físicamente el Lignum Crucis de Santo Toribio de Liébana. La pandemia cambió muchas cosas, esa entre otras.
Éramos los últimos de la fila y al acercarnos nos arrodillarnos de manera espontánea.
Entonces, el rector que lo custodiaba, haciendo una excepción también espontánea, nos permitió tocar la base misma de la cruz en la que un pequeño hueco rectangular, hace posible el contacto directo con esa madera, que la tradición y distintas pruebas científicas nos permiten considerar como parte de la Cruz en la que colgó y murió el mismo Jesucristo.
Nada puede demostrar sin lugar a la duda esta realidad, del mismo modo que nada puede demostrar al 100% la veracidad científica de la muerte y resurrección de Cristo. Nada puede tampoco refutarla. Eso es parte del juego de la fe y la libertad.
Pero indicios no faltan…
Dice la leyenda medieval, por otro lado, que San Agustín en un sueño se topó con un niño en la playa que intentaba llenar un hoyo en la arena con toda el agua del mar. Al recriminarle tanta locura, el niño le respondió: «más imposible es tratar de meter todo el misterio de Dios en tu mente pequeña».
La música nos habla de aquello que no necesitamos entender completamente.
Y ese océano que no podía entender, en contacto con aquel Madero, a mí me sonaba a otra música.
Habrá quién piense, no sin razón, que pudiera ser una simple sugestión.
Un pedacito de madera, no más.
Solo eso.
Pero esa música…
Esa música quedará como la mejor que escuché nunca.
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