Me resulta increíble ser parte de esta película.

Viéndola, me preguntaba: ¿¿Cómo he acabado yo aquí??

Esta es mi historia:

Hará un par de años que escuché por primera vez la canción de Un Segundo, de Hakuna. Yo iba en el coche, solo, y no sé por qué me emocioné. No me importa admitirlo: lloré.

No soy tan popero, tampoco tan sensiblero, si me emociono, me suele ocurrir más bien con una buena interpretación de una sinfonía de Mahler, una suite de Bach, con una Pavana de Fauré o con el Bolero de Ravel a todo volumen, mientras medito sobre algo, o simplemente disfruto.

Pero en ese momento algo me tocó.

Reconocí en ello un grandísimo trabajo… y algo más que conmovía. Me acordé de mi querido amigo Iñigo Guerrero, productor de Hakuna, con el que compusimos el Gloria de la Misa JMJ y que nos ha acompañado a tantos conciertos. Y pensé: ¡Qué maravilla lo que está haciendo junto a este grupo de jóvenes!

Música sencilla, y al mismo tiempo profunda, llena de esa sencilla sinceridad que misteriosamente traspasa corazones.

No imaginaba que unos meses después me invitarían desde Hakuna a participar en su segundo concierto en Vistalegre.

Y ese concierto fue para mi un impacto todavía mayor, un disfrute enorme. El inicio de un maravilloso idilio.

Alguna vez me han preguntado: «¿Qué se siente al tocar para tanta gente en un concierto así?» (Vistalegre o Wizink Center a rebosar)

La verdad es que yo sentía 2 cosas:

1- El esfuerzo por escuchar bien lo que pasaba, empezando por escucharme a mí mismo, para tocar bien, dar lo mejor.

2- Una energía espectacular que te lleva y que te hace sentir como en casa.

Pero lo mejor ocurría detrás de la escena: amistad sincera, buen humor, naturalidad y una fe que de tan poco aparente es verdaderamente profunda.

Al llegar a casa después del primer concierto, como todas las noches, pero un poco más cansados, les dije a mis hijos: «Venga, vamos a rezar» y el pequeño me respondió: «Pero si ya hemos rezado en todo el concierto». Tuve que darle la razón.

Lo que he vivido es eso, y una máxima que he adoptado, casi como si fuera mía: «Que sea verdad».

Pero ¿Cómo es verdad tocar? ¿Cómo es verdad sonreír, o llorar, o amar?

En principio puede parecer un poco abstracto el concepto verdad aplicado a movimientos del alma tan subjetivos, pero lo cierto es que existe una manera de vivir en verdad. No tanto como una ecuación o una serie de normas, sino como un dinamismo, un movimiento que te lleva a un espacio de libre sinceridad.

Con el tiempo he ido comprendiendo cómo esa verdad se cincela en el silencio, en la contemplación, y alcanza en la música una de sus máximas expresiones.

Ese es uno de los mensajes de «Descalzos». La primera peli en la que aparezco en mi vida (no sé si habrá más jajaja). En ella aparezco en un momento dado, tocando una pieza maravillosa compuesta por Óscar Leanizbarrutia (ya me aprendí su apellido).

Esa escena capta solo una parte de la emoción que sentí grabándola. A los que la han visto, les llama la atención el tiempo de silencio y recogimiento que hice después de tocar. Pues bien: no tuve que exagerarlo nada.

Esa misma emoción que sentí escuchando Un Segundo la primera vez, la sentía tocando en esa grabación.

Porque en realidad, lo verdaderamente valioso que hay en la música es lo que hay detrás de cada nota, de cada acto, de cada instante. Y en el caso de Hakuna eso es mucho, eso es Todo.

A quién quiera profundizar en ese misterio natural, fresco, lleno de verdad y de vida, le recomiendo «descalzarse» e ir a ver esta maravillosa película.

Para mí, verme y escucharme en tantos fotogramas de una calidad tan espectacular ha sido un orgullo. Lo he vivido como un niño que se ve y se sonríe en cada instante de aparición, o cuando suena mi violonchelo, señalando a la pantalla: «¡Mira, ese soy yo! ¡Soy yo!»

Es la alegría de saberme en algo tan maravilloso, sencillo y misterioso.

Creo que esta película explica mucho mejor que yo lo que es esta realidad cultural y espiritual tan sorprendente.