Entre 1717 y 1723 Johann Sebastian Bach compuso seis suites para violonchelo solo. En su composición quedaron plasmados, no solamente su conocimiento profundo del violonchelo y del arte de componer, sino también su profunda espiritualidad. En concreto sus dos últimas suites reflejan con una expresividad inequívoca dos de los momentos más significativos del cristianismo: la pasión de Cristo y la resurrección.

En la V Suite en Do menor, para acentuar el carácter más oscuro de la obra, Bach pide que se interprete bajando un tono la cuerda superior, lo que le otorga un color menos brillante, más apagado. Cambio que supone además para el intérprete un “reaprender”.

El preludio de esta suite es un largo Via Crucis. El resto de la suite sigue ese mismo tono.

Sin embargo lo más sorprendente es la ocurrencia que tiene Bach para la última suite. El genio alemán, en esta ocasión hará uso de un nuevo instrumento, el violonchelo pícolo, para reflejar toda la luminosidad de la resurrección, ¡añadiéndole al violonchelo una quinta cuerda!

Y su preludio refleja el redoble de campanas de la resurrección, con una luz y una alegría profunda, con notas que ascienden hasta lo más alto gracias a la nueva cuerda que añade, rompiendo todos los moldes de las anteriores suites.

Hace unos años tuve la suerte de poder tocar esta suite, pero lo hice con mi violonchelo, de 4 cuerdas, lo que complica mucho la interpretación. No obstante, fue entonces cuando me hice la siguiente reflexión: “La verdadera quinta cuerda es la que no se ve, llena todo y eleva el espíritu, es el misterio de lo incomprensible, es lo que hay de universal, de divino y de profundamente humano en la música. La quinta cuerda es el espíritu que da vida a la música.”

Por eso he querido crear este blog, para compartir esta maravillosa relación que existe entre la música y el espíritu, y contribuir a que la quinta cuerda siga sonando.

Pedro Alfaro

22 de noviembre de 2016