Lo reconozco, no era en principio plato de mi gusto.
¿A quién podría resultarle apetecible formar parte de un acto en el que el tema central tuviera que ver con los abusos en la Iglesia?
Pero tampoco podía darle la espalda al tema. Así son esas cosas de justicia, o de injusticia debería decir… En principio nos repelen, porque no nos gusta pensar en las cosas que se hacen mal y generan dolor.
Así lo dejé estar, ocupado como tantas personas en la rueda incesante del día a día, para simplemente acudir llegado el momento.
En la víspera del acto me dije a mí mismo: en cierto modo ¿no has sido tú también víctima del abuso en la Iglesia? No como las personas que sufrieron en primera persona el abuso de poder y la manipulación, pero sí como un daño colateral.
Ciertamente, en mi vida, tuvo que venir una Jornada Mundial de la Juventud para recuperarme de una fe golpeada por lo que supuso descubrir el comportamiento totalmente corrupto del “fundador” de la congregación de los Legionarios de Cristo, de la que yo formaba indirectamente parte como miembro de Regnum Christi.
Antes de eso, llegué a defenderlo. Qué paradojas de la vida. Qué barbaridad. Qué manipulación.
Si a mí, que no era más que un actor de tercera o cuarta línea me afectó en la fe, ¿cómo imaginar el impacto que algo así podría suponer para una persona directamente agredida por un abuso de poder semejante?
Qué desagradable nos resulta mirar la corrupción de aquello a lo que naturalmente deberíamos admirar, y sin embargo, qué necesario es cuidar a las personas que han quedado profundamente heridas por ese terrible mal.
Mi experiencia, al fin, al formar parte de ese acto de “reparar desde el arte” fue descubrir esa necesidad profunda de contribuir a sanar, aunque sea un poco, un mal tan injusto y profundo.
Pero un dolor tan arraigado, en realidad, no se puede contar. Y yo solo pude entenderlo desde el sollozo y el abrazo de quien apenas podía expresarlo.
Además de la pieza programada, para la que fui requerido, me pidieron tocar algún intermedio musical entre los ponentes. Primero la directora del proyecto Repara, Lidia, introdujo a través de un poema, esa necesidad de abrir, aunque sea, una ventana en ese encierro de aquellas personas tan dañadas que apenas pueden expresarse. Y después de otras breves palabras de Josete, un sacerdote cercano y profundamente comprometido con esta reparación, salí a tocar. Decidí improvisar sobre esa idea de la ventana que se abre, iniciando en las notas más graves que expresaban esa sensación inicial de encierro, para después ir subiendo hacia tonos más luminosos, aunque siempre con un dolor latente que necesitaba expresarse. Poco después de empezar a tocar empecé a escuchar un sollozo de entre los asistentes y yo mismo, mientras tocaba, quedé profundamente tocado, porque sabía que algo se había movido de corazón a corazón. Al terminar saludé y volví a mi sitio con la cabeza baja. Es lo que me pasa cuando me emociono al tocar. Me da pudor que me vean emocionado y ya puede ser mi mejor interpretación que lo único que quiero es desaparecer.
Después volvimos toda la agrupación para tocar la pieza programada, Bea al piano, Zexuan e Irene al violín y yo al violonchelo. Era el inicio de la Sinfonía de las Teselas, una obra compuesta para acompañar al documental que cuenta el paso de la Hermana Samuelle por distintos países, quien desde su testimonio de haber vivido el abuso en primera persona, promueve la reconstrucción desde la creación de una gran Tesela, en la que cada persona aporta su frase, su expresión personal en cada pieza.
Fue al terminar el acto cuando recibí el impacto.
Cuando ya casi no quedaba nadie en la sala, una mujer, de unos 60-70 años, se me acercó. Con los ojos llenos de lágrimas me dijo con agradecimiento: “Tu música era mi llanto. No sabía si venir y con tu música has expresado mi dolor”. Yo también me emocioné y nos abrazamos.
Solo entonces lo empecé a entender de verdad, como si solo desde el corazón de quien abraza pudiera ensancharse ese comprender de un sufrimiento tan grande.
Pero ese comprender no era dolor para mí, sino la enorme emoción de saber, que en algo podía contribuir a reconstruir una vida hecha añicos.
¿Puede existir dolor más grande que el de una persona que se ha entregado en cuerpo y alma a Dios, a la oración, a servir a los demás y termina manipulada, abusada e incluso abandonada por quien / quienes deberían ayudarla?
No me atrevo ni soy quién para juzgar cada caso, con toda su complejidad, pero sí puedo decir que en ese abrazo pude sentir el celo de Quién sí es el Amor, de Quién también ha sido traicionado en cada caso (“No tomarás el nombre de Dios en falso”), de Quién no quiere más que abrazar, mimar y cuidar a cada una de esas víctimas, supervivientes, durante tantos años arrinconadas y abandonadas.
Y si la música, si el arte, si un pequeño gesto puede servir para aliviar, para acoger, para acompañar, para expresar, para abrir un espacio entre el sufrimiento y la paz, bendita será siempre cada nota, cada frase.
Qué don tan grande poder hacer algo que sana sin palabras. ¡Qué regalo más inmenso!
Gracias a Repara y todas las personas que contribuyen a reconstruir acogiendo el dolor y acompañando desde el amor. Gracias a quienes consiguen movilizar comprendiendo la deuda tan inmensa con estas personas y al tiempo la necesidad tan grande que la propia Iglesia tiene de abrir la ventana de la verdad y la justicia con verdadera humildad y contrición. Solo desde ahí se puede construir el futuro.
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