Más allá de las creencias de cada cual, pero sin omitirlas (esa es una de sus aportaciones), la visita del Papa León XIV ha resultado ser la de un maestro.

Todavía recuerdo la figura del que considero yo que era un venerable maestro en el arte de mi instrumento, del violonchelo. Bernard Greenhouse, con 84 años, mostraba no solo enseñando a jóvenes (entre los que me encontraba), sino también tocando, que el arte de la expresión, la técnica y el alma en la interpretación era algo que por una parte merecía la pena el esfuerzo, y por otra, resultaba alcanzable gracias a algunas claves y mucha dedicación bien focalizada.

Un maestro nos muestra que todo es posible, incluso lo que nos puede parecer inabarcable. Es capaz de devolvernos la fe en nuestro propio talento y ayudarnos a trazar caminos que después solo nosotros podemos recorrer para mejorar y crecer.

Algo parecido me ha parecido esta visita, la más impactante y completa que yo recuerde, de un Papa.

Pero en este caso el discípulo se llama España.

León no ha hablado solo a cada persona. Lo ha hecho a todo un país: nos ha hablado de orquestarnos aprovechando la riqueza de las diferencias, incidiendo en el fundamento del respeto a la dignidad de cada persona sea cual sea su situación; ha hablado al herido del perdón, al preso de la enmienda y su valor intrínseco más allá de sus errores pasados, como país nos ha recordado la grandeza que supone la acogida humana del inmigrante, al inmigrante la responsabilidad y el esfuerzo de integración, al político del servicio al bien común y a la paz, al católico del ejemplo y el compromiso real con el prójimo. Al tiempo, nos ha recordado la importancia de la belleza como símbolo de trascendencia, poniendo en valor la figura de Gaudí y su “Sagrada Familia”. Todo a través de misas y encuentros que se han convertido en verdaderas lecciones magistrales desde la humildad.

Porque no lo ha hecho desde la exigencia, el señalamiento o la amenaza. Lo ha hecho con infinita ternura, sensibilidad y comprensión.

Ha escuchado siempre primero: a los jóvenes, a los presos, a los inmigrantes, a las personas que los acogen, a los sacerdotes, a las víctimas del abuso o de la trata, a creyentes en sus dificultades y dudas…

Lo primero que ha hecho es escuchar, siempre escuchar.

Y esa es la base de la maestría: la escucha.

A partir de ahí ha elaborado respuestas, y buscando que sean respuestas que unan, que integren, que ayuden a construir de manera concreta, incluyendo lo profundamente humano en lo espiritual y lo profundamente espiritual en lo humano.

No puede decirse que sus respuestas puedan satisfacer a todos y de hecho es patente que son muchos los que no están de acuerdo con él en todo. Pero sí se ha ganado el respeto y el cariño de una inmensa mayoría.

El motivo a esta reacción tan sorprendentemente amplia está quizá en esa humildad y sencillez, unida a esa invitación que hace a todos a trascender, algo que en el fondo, todo corazón anhela. León ha sabido expresarse con claridad y al mismo tiempo mucha delicadeza en cada caso, con matices propositivos y solo excepcionalmente condenatorios (como en el caso de las mafias que se aprovechan de la inmigración).

El esquema de sus encuentros no litúrgicos/protocolarios ha sido bastante parecido:

  1. Escuchar siempre primero a personas relacionadas con el ámbito del encuentro (juventud, personas profundamente heridas, presos, inmigrantes…)
  2. Responder con cercanía desde un punto de vista humano y añadiendo los matices espirituales siempre integrados a esa humanidad.
  3. Bendiciendo a todos finalmente.

Desde el punto de vista humano, solamente por esa disposición a la escucha, al análisis abierto de cada caso, consciente, presente y atento, ya podemos decir que nos encontramos ante un maestro, que nos pide mirar más allá para interpretar nuestra partitura del día a día otorgándole un sentido más amplio a cada nota. Se trata de un mensaje universal que interpela a cualquier hombre o mujer de buena voluntad, sea más o menos creyente.

Desde el punto de vista espiritual estamos también ante un hombre que fija su mirada en el sentido trascendente de la vida y busca que los demás también puedan hacerlo. Su invitación no es solo para los declaradamente creyentes (algo que establecería una división que sería forzada): él invita a todo el mundo. Eso sí, a los creyentes les pide una coherencia acorde con su fe, por ejemplo, en no permanecer nunca indiferentes al sufrimiento del prójimo.

En cuanto a lo espiritual, el Papa mantiene una profunda devoción hacia lo propiamente religioso. Es como si quisiera remarcar que detrás de esa comprensión unificadora y pacificadora está esa fuente que proviene de una fe profunda y arraigada.

A este respecto me gustaría compartir una observación, muy de cerca.

Siendo yo parte de la orquesta y coro (Orquesta y Coro JMJ) que acompañó la misa, pude contemplar a pocos metros su paso por delante de nuestro estrado en la procesión con el Santísimo. Justo en el momento en el que él pasaba frente a nosotros, el coro cantaba acompañado del órgano, lo que me dejaba a mí libre, como parte de la sección de violonchelos, para poder contemplar la escena: debajo del palio se situaba el Santísimo expuesto y debajo, sujetándolo con devoción y con la cabeza agachada, casi irreconocible, estaba el Papa. Era la imagen de un hombre que se mostraba completamente al servicio de lo trascendente, que desaparecía para que apareciera lo divino.

Esa es la última y más elevada característica de un maestro, lo mismo que podría afirmarse de un maestro en la música o cualquier arte: es consciente y trata de profundizar en esa consciencia, de que está al servicio de algo mucho más grande, indecible y misterioso, que da sentido último a toda su vocación. Desearía además que todo el mundo buscase eso mismo, pero no lo impone, simplemente no lo oculta. Tampoco lo presume. Simplemente lo vive y así lo hace vivir a otros. Se trata de una corriente que no viene de él pero que pasa por él.

No es extraño entonces, ni un desequilibrio, emocionarse a su paso, del mismo modo en que no es pueril emocionarse ante una buena interpretación musical o una obra que nos sobrecoge (como la Sagrada Familia de Barcelona). Porque es propio del corazón humano reconocer esa profundidad y belleza, y deleitarse en ella.

Realmente la figura de Prévost, que hace no mucho era un simple misionero, ha adquirido otra dimensión en su encarnación del sucesor de Pedro, mostrando un camino que va de lo más humano a lo más divino y de lo más elevado a lo más humano.

Quizá por eso nos dice “Alzad la mirada”, porque en este mundo, tan lleno de heridas, injusticias e imperfecciones, al mirar a lo alto podemos ser también cauces de escucha, justicia, belleza, perdón y en definitiva, amor.

Quién sabe si quizá así, en algún futuro, también podamos nosotros acercarnos a esa maestría…